paseo en barco

Aline, que es de Minas (zona norte), suele ir con el dueño del bar a preguntar la marca de cachaza que pondrá en las caipirinhas

Valentina es carioca y ama usar ropa bastante minúscula

¿quién no?

la mamá de Valentina, casi setenta, bikini,

y yo, a la expectativa:

íbamos a ir de paseo en barco.

El trato fue con Gabriel -conocido como Mero-, todo un desastre desde el inicio,

no había barco y esperamos casi dos horas en el sol a que pudiera conseguir uno,

Leo fue el guapo que nos fusilaría el dinero ese día.

Con el encanto que suelen tener algunos conocedores de la calle

(en esta historia, del mar)

vio la oportunidad y dijo: De aquí soy,

hablaba con ese acento bahiano que uno no sabe si grita, si canta, si está reclamando algo

o todo al unísono

lengua de tambor

primera parada: un lugar de ensueño

una playa desierta, sin contar el yate de los nuevos ricos que escuchaban música a todo volumen y se pasaban las bebidas en una charola que flotaba

un videoclip para el malandraje

el paseo fue en verdad idílico,

hasta que llegó, me temo, la cuenta del restaurante

-que fue nuestra segunda parada-

y todas nosotras pagamos las cuentas de todos ellos

no supe bien por qué

Así es como funciona el mundo ahora

pero no es asunto de mayor importancia

lo que en realidad importó fue saber que tanto Mero como Leo

nacieron en casa, con parteras,

Leo, por su parte, tatuaje en la espalda, color miel tostada,

tiene dieciocho hermanos, cinco murieron

y puede beber diez cervezas sin que nos demos cuenta

hasta que comienza a hablar alto y sacar el pecho

y ser muy hombre

que no paga, claro.

Leo había dicho que iban a hacer un descuento, pero no fue así.

Fue un atraco bárbaro. Un negocio entre él y el dueño del sitio.

Ni Mero lo vio venir. O eso nos dijo en una charla atropellada, llena de disculpas.

Mero, con marcas de piquetes de mosquitos en la espalda,

una rodilla que necesita intervención quirúrgica,

y una desazón por no estar más a gusto en esa isla.

 

Al tercer sitio fuimos ya en silencio,

En la isla del miedo encontramos unas ruinas de algo que podría haber sido un leprosario

no exploramos tanto

y emprendimos el regreso

callados todos, con el aire pesado

que resulta de conocer el lado truculento

de la gente

en el tiempo más breve

 

 

 

 

 

 

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