Perritos

Tengo una idea fija:

matar o mandar matar unos perritos del edificio de enfrente.

Los dejan solos en un balcón.

Dos cuadras a la redonda podemos escuchar sus ladriditos

histéricos

de animales que no soportan nada

que la gente camine, hable,

que el viento mueva las hojas de los árboles

que llegue la lluvia,

los pregoneros,

así que ladran por todo

sin descansar

desde la mañana a la noche.

los dueños deben llegar y los guarda y los vecinos podemos al menos

dormir sin el mundo atónito de su ruido.

He intentado amarlos, ser comprensiva,

amar a los animales como me amo yo.

Pero es como a mediodía que me rindo y quiero buscar en alguna parte

sicarios para perros.

Podré descansar. Pensar. He olvidado cómo pensar,

qué hay dentro en la cabeza.

Mi cuerpo sólo atiende los ladridos agudos, asustados,

de un par de animalitos que tiemblan.

Perros que temen el fin del mundo.

La ausencia definitiva del amo.

Ignoran lo demás: su calle de día es lo posible, lo inmediato.

Comer, ladrar, existir.

Cuando ya estén muertos, por obra mía o por la naturaleza, o de otro vecino harto como yo,

la calle será calle de nuevo, el color de los edificios podrá ser apreciado,

los nuevos negocios, las conversaciones,

la gente se saludará en las aceras.

Estaremos libre de ese ruido compacto que ocupa

y se expande y se apodera del amor, la voluntad y lo bueno que era nuestro.

 

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