viajes

Mi abuela no entendía los viajes

¿Qué se te perdió alla? preguntaba

pero no salía del patio de su casa

viajes de la cocina a la sala

del baño a la recámara

a veces uno de sus hijos la subía a un auto y

llegaba al mar, confundida

se quedaba quietecita, esperando el aviso de la comida

el mar eterno, de un solo tono, y ella vevía hasta cansarse

luego ya era la hora de regresar y eso fue todo,

a la sombra de la casa, bajo las tejas de barro

o los mangos del patio, siembre abajo de algo ella

o el cielo y el sol a plomo, entonces levantaba el brazo y lo cruzaba a modo de sombrilla

sabía protegerse

finalmente.

lavar los platos, barrer, hacer las camas, como a la 1 pm todo estaba pronto,

la casa, la comida, y se sentaba a esperar.

se inclinaba sobre la mecedora, pensando en algo

dormitaba

y así era la tarde.

no leyó un solo libro en su vida. No hizo falta.

no tenía necesidad de ir a otra parte, o imaginar otras cosas,

otras personas, otros hábitos.

Lo que ella era fue suficiente.

y el café hervía y el pan sabía de otra manera a las 5pm

y la novela era igual, con las mismas chicas tontas enamoradas del mal hombre

o separadas de su madre;

la bondad era un premio. Luego se dormía plácida sin saber qué más hay,

si las playas del mundo se parecían entre sí

si el mundo era viejo o nuevo, si había pasado tal cosa en tal parte,

y dormía bien, de corrido,

sin precipitarse a ninguna otra parte.

 

 

 

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ideas que pasan por la cabeza cuando ya no hay nada que perder

si uno, hipotéticamente, renuncia a su trabajo

y con ello a su fabuloso plan de retiro

-sería de la última generación en tener pensión, lo cual en sí ya es un hecho notable, pues el país pierde, siempre pierde y los ancianos serán croquetas para perros cuando se suiciden en masa al no tener qué comer ni quién los lave-

y a los dos amigos leales que hizo con el tiempo

-sentada en el mismo lugar

viendo el mismo paisaje

pensando las mismas cosas que se nos pasan por la cabeza

cuando ya nada pasa

pero a la misma hora de cada día pensamos eso

una nada puntual que llega con sus detalles laboriosos

qué comer

qué falta por hacer

llamadas teléfonicas

y así-

si perdemos los días de pago

con su aura soleada y cantarina

si perdemos esa vida ordenada

-el orden es tan elemental en nuestras vidas que se nos olvida, ya la costumbre hace moho en nuestra máquina del tiempo que no pasa-

si ganamos algo más que no sabemos qué es pero es algo más

qué haríamos

cómo caminar con las piernas de siempre afuera de este edificio

dueño de cada poro del cuerpo

y de cada pensamiento

pagado fulltime

cómo dormir fuera de este edificio

con la almohada bajo la nuca y el techo muy arriba sin que nada pase

y nada pasa en efecto

cómo esperar algo que no sabemos nombrar

esa oscuridad

algo que leímos alguna vez

sobre ser otros;

llevo 30 años yendo al cine

porque me gustaba vivir ahí, en esa otra parte.

no sé cómo ser protagonista

el papel principal

la mujer que miran y desean en una historia ordinaria

no sé cómo ser yo

cómo caminar fuera de este edificio

moveré las piernas por inercia

el cerebro les dirá: muévete y ellas obedecerán como niñitas asustadas.

cómo respirar fuera de este edificio.

hipotéticamente, claro, no tendríamos capacidad alguna para pensar

vivir de otro modo

tan otro

y los dos amigos leales seguirán ahí, pensando sin pensar que es como mejor se ejerce el pensamiento.

no existe afuera de este edificio

no existo yo en esas películas

no sé cómo ser fuera de mí

 

 

 

pagar cuentas

pensaba en las cuentas por pagar

muchas cuentas

teléfono, la luz, el agua, la vivienda

comer

tomar agua

ir al cine para olvidar que hay que pagar cuentas

tomar cerveza

comer pizza crocante con queso derretido

sonreír a la persona de enfrente

interesarme en conversar

no hablar de las cuentas

en casa, las cuentas no duermen ni un segundo;

vigilan el mundo

miran esos maratones de series

muertos vivientes, horrendos.

las cuentas se instalan con maletas y todo

decían: será un par de días, máximo tres,

ya verás, ni sentirás la presencia.

pero la siento. su presencia en el baño,

eructan, son groseras, no le bajan al inodoro.

mastican como si triturara vidrio.

ahora somos enemigas.

yo que nunca me enemisté con nadie,

odio la luz de la tele encendida porque sólo ven tele

y mastican sus palomitas grasientas;

pero ahí están, viviendo en la misma casa

sin poner a lavar la ropa de cama

húmedas en su olor viejo,

mirando por encima del ojo todo lo que sucede

en el edificio, en la ciudad, en mi rostro.